AudiovisualesInternacionales

Colombia: Marta Rodríguez Otero, contestaria por siempre

Marta Rodríguez ha consagrado su existencia a relatar la violencia a través del cine. 

La trayectoria de la más importante documentalista del país comenzó con su documental Chircales.

Toda su vida dedicada al cine alternativo y protagonista de hechos fuera de lo común hacen de Marta Rodríguez una mujer singular.

A los seis meses de gestación, su padre, de tan solo 33 años, murió. Su madre quedó viuda con cinco hijos. Uno de los tíos paternos actuó de mala fe y se apropió de parte de la herencia que les correspondía, así que Conchita Otero viuda de Rodríguez tuvo que trasladarse de Bogotá, que era muy costosa, a Subachoque, Cundinamarca.

Marta vivió ahí su infancia que si bien fue feliz también le mostró una realidad triste. Rodeada por vecinos ricos que los discriminaban por pobres, así como lo hacían con los campesinos de la región y con los pocos indígenas que la habitaban, creció en un ambiente que la hizo especialmente sensible a las injusticias y a la falta de oportunidades.

Como no tenían dinero para pagar trabajadores, con su madre se ocupaban de las labores de la finca: ordeñaban, recogían leña, les daban de comer a los animales, sembraban y un largo y extenuante etcétera.

Marta entró a estudiar al colegio María Auxiliadora, donde fue apodada como “la muda”, porque como no se llevaba bien con las monjas ni con sus compañeras prefería guardar silencio en las clases y fuera de ellas.

Eran los años cuarenta del siglo pasado en que la educación para las mujeres era bien distinta a la de hoy. Los colegios femeninos se especializaban en hacer de las jóvenes buenas amas de casa o inducirlas a estudiar enfermería o al magisterio. Pare de contar.

Cambio radical

Para los años cincuenta, doña Conchita vendió la tierra de Subachoque y, con extraordinaria visión, compró pasajes de barco para que sus hijos estudiaran en Europa, bajo su amparo. De Barcelona saltaron a Madrid y de ahí, a París, etapa definitiva para escoger carrera esa guapísima joven, de largos cabellos negros, de piel mestiza y grandes ojos negros, que se robaba el corazón de europeos por su exotismo, pero, sobre todo, por su curiosidad y su deseo de aprender a relatar, a través de imágenes, esa situación inequitativa que había vivido.

Este fue un período vivencial relatado al detalle por el escritor y lúcido crítico de cine Hugo Chaparro Valderrama, en su libro Marta RodríguezLa historia a través de una cámara”, del 2015, donde se lee al final esta frase, como certero corolario: “La edición (del libro) fue posible gracias al coraje de Marta para hacer del cine una forma de comprender el mundo”.

Y si coraje, tesón, intrepidez y muchos más calificativos se acomodan con holgura a la cineasta Marta Rodríguez, que ha consagrado su existencia, sin pausas, a relatar la violencia que se ejerce sobre los más débiles y a convertirse en una voz potente, tal vez la más importante, en el último medio siglo, del cine de denuncia en Colombia y en la región.

Su estadía en Europa, con idas y venidas a Colombia, la ayudaron a formarse como socióloga, antropóloga, pero de manera fundamental como cineasta. Profesión muy masculina aquí, y allá menos, pero también, en los cincuenta del siglo pasado.

En la Universidad Nacional, a donde entró, en 1959, a continuar sus estudios de sociología iniciados en Madrid, se encontró con el padre Camilo Torres Restrepo, quien dictaba sus clases en el barrio Tunjuelito. Y se hizo no solo alumna aventajada sino su amiga. Buscó emularlo en su apostolado en ese sector obrero, muy al sur de la pequeña ciudad.

Entrenada para resolver situaciones difíciles y con espíritu solidario a flor de piel, dedicó horas de su cotidianidad a alfabetizar a niñas y niños que llegaban a su clase con las manos callosas, algunos con los brazos partidos, con miradas tristes, flacuchentos, de mal color y con sus ropas muy gastadas. Intrigada los siguió. Eran hijos de quienes trabajaban en el barro y con el barro fabricando ladrillos, y ellos mismos colaboraban cargando pesados bultos, a pesar de su corta edad. No pudo pasar página y, sin declararlo en notaría, se fijó la meta de grabar esa vida de penuria y exhibirla por la ciudad, el país y el mundo, si había oportunidad.

Se devolvió a París, ya sin el tutelaje de su madre ni de sus hermanos, vivió un romance con un joven vietnamita, con quien tuvo a su primera hija, Margarita, con la que vivió por algunos pocos años. La dejó al cuidado de una de sus hermanas casadas que no podía tener prole y porque la relación con el padre había concluido. Su hija murió a los 33 años, en los noventa.

Tendría novio suizo que le propuso matrimonio y hasta la siguió a Bogotá para convencerla de vivir en la calmada Suiza, donde podría hacer cine sin los sobresaltos propios de un país tan desigual como Colombia. Marta alcanzó a pensarlo, pero optó por la inestabilidad.

Encuentro definitivo

En esa estancia parisina conoció, también, al antropólogo y documentalista etnográfico Jean Rouch, quien sería su mayor influencia y con quien estudió a profundidad los secretos del arte de documentar la realidad con una cámara. De esa experiencia surgió su primer trabajo cinematográfico sobre el mercado de pulgas dominguero en uno de los barrios de París.

De vuelta a Colombia tomó la más importante decisión de vida: volverse profesional del cine, en un país que no tenía industria ni escuelas ni tampoco muchos directores ni mujeres directoras; salvo Gabriela Samper, ninguna.

Fue una decisión que le costaría un disgusto terrible con su madre, que le parecía indecente esa profesión para una joven, al punto de que intentó hacerla pasar por loca para obligarla a cambiar de rumbo. Por fortuna, el abogado que contrató doña Conchita la disuadió y la hizo admirar el trabajo que realizaba su hija. Al punto que le extendió un cheque en blanco para que terminara su primer documental: Chircales.

Sus cintas y encinta

Marta dirigió por unos meses la Cinemateca Francesa, donde conoció al fotógrafo Jorge Silva. Se enamoraron y comenzó su recorrido al lado de quien fue su alma gemela en la obsesión por relatar visualmente la vida de los más pobres y perseguidos.

Silva, con agudo sentido cinematográfico, sin haber pasado por ninguna escuela de cine, se hizo a su lado y llegó a brillar con luz propia, por el manejo privilegiado de la imagen que lo hizo un todero iluminado que hacía fotografía, cámara, sonido, edición, dirección, codirección, guiones y lo que fuera necesario en esa docena de documentales que hicieron en ese tándem ejemplar.

Con Jorge retomó Marta el trabajo de Chircales, que duró cinco años en los que grabaron la vida de dos familias de la zona, de quienes se hicieron también parientes, sobre todo con los Castañeda, a los que ayudaron a construir una casa en el barrio Lucero Alto, de Ciudad Bolívar, con los réditos de esa cinta en la que muestra su trabajo y los trabajos que pasaban.

Marta y Jorge tuvieron dos hijos: Lucas, en 1971, y Sara Milena, en 1973, quienes han seguido, con especificidades, los pasos de sus padres. Vivieron en el primer piso de un edificio en Chapinero, comprado por su madre, que Marta habita todavía, y que, además de residencia, es la sede de su Fundación Cine Documental-Investigación Social.

Sin terminar Chircales, en 1971 comenzaron a interesarse por la situación de los pueblos indígenas.

Dos masacres de los cuibas y de los guahíbos del Vichada se conocieron por esos días en todo el país y ellos (los Silva, como empezaron a llamarlos) hicieron Planas, testimonio de un etnocidio, en el que registraron la indolencia del Estado, que consideraba a los indígenas menores de edad, y la de los colonos, que los trataban como irracionales. Una época en la que se puso de moda el infame verbo ‘guajibiar’, para denominar a la acción de matar a aquellos esos indígenas sin razón.

Y ahí arrancó de manera definitiva su trabajo como defensores de derechos humanos con cámara, luces y acción.

Rubricaron, casi en solitario, el cine social, de denuncia, político, en décadas en las que esta especialidad era extraña para hacedores y para públicos acostumbrados a ver cine para divertirse, emocionarse, pero no para enojarse.

El documental que siguió lo hicieron sobre una idea del lúcido y prolijo historiador Arturo Alape, para documentar las primeras luchas de los trabajadores agrarios del país y de los indígenas del Cauca, a través de sus asociaciones: Anuc línea Sincelejo y el Cric. Película que lleva el título de Campesinos, otra de las joyas de su filmografía.

Importantes documentos históricos que registran el acontecer de sectores sociales que hacen parte de ese otro país que muchos, desde esa época, se niegan a reconocer.

Vendrían trabajos como: Memoria y futuro de los indígenas del Cauca, La voz de los sobrevivientes, Historias de la Violencia hasta llegar a Nacer de nuevo, sobre los sobrevivientes de la avalancha de Armero.

Esta película la terminó en solitario Marta y se constituye, según muchos críticos de cine, en el homenaje más íntimo de la documentalista a su esposo, que murió en enero de 1987 a los 46 años.

La desaparición de su hija Margarita pocos años después fueron duros golpes que Marta no ha terminado de asimilar pese al coraje que siempre la ha acompañado.

Igual y reconocida

Marta Rodríguez, como las mujeres que rehicieron su vida después de la tragedia de Armero, con quienes hizo un documental que llamó Mujeres del volcán, siguió trabajando con igual o mayor energía sin Jorge Silva, en películas con la misma
temática y hasta hoy sigue enhiesta y convencida de que su labor “es un acto de fe en esa población colombiana que, a pesar de las masacres, los asesinatos diarios a sus líderes y lideresas, continúan esperanzados en que tendrá que llegar una época en que haya justicia y no más asesinatos”, dice.

La trayectoria profesional de Marta Rodríguez en este siglo XXI ha tenido algunos reconocimientos oficiales.

Una beca de Gestión de Archivos le fue otorgada por el Ministerio de Cultura, con el fin de verificar, catalogar, preservar y digitalizar el invaluable material fílmico que ha ido acumulando a lo largo de este medio siglo de rodar y rodar.

Este ministerio también rindió homenaje a su obra en el 2008 con el premio ‘Toda una vida dedicada al cine’ y un galardón similar le fue entregado por la Alcaldía Mayor de Bogotá.

“Somos un país que no ha dejado de practicar una violencia irracional, que debe ser documentada”.

Y en la esfera internacional, en ese mundo del cine donde todos se conocen y reconocen, su nombre y su obra ocupan lugar de privilegio. La admiración es permanente por haber comenzado en unos años en que el cine colombiano casi no existía y porque su enfoque haya sido, desde sus inicios hasta hoy, siempre en una temática muy difícil y peligrosa de filmar y con serios tropiezos para divulgar.

Transgresión es el título que lleva el documental que hizo, con su participación siempre en primera línea, Fernando Restrepo Castañeda, su coequipero por más de 20 años y que es ni más ni menos que su biografía o autobiografía, una historia de vida en la que aparecen esos momentos estelares de su carrera como cuando recibió la Paloma de Oro en el Festival de Leipzig, hace medio siglo, por esa joya del documental antropológico que es Chircales.

Y claro, también, esas etapas de luto por la muerte de su hija y de su esposo.

A sus 88 años anda de cabeza reconstruyendo la historia de nuestros primeros hippies, los de la calle 60, porque como “chapineruna” de toda una vida, los conoció y fue su amiga.

Los integrantes de los Flippers, de los Speakers, Manuel Quinto, María y muchos otros nombres harán parte de este relato escrito que de seguro no pasará inadvertido y que se suma a sus reflexiones teóricas que ha escrito y publicado, aunque sean menos conocidas que su cine. Es un relato financiado por el Ministerio de Cultura y que ella está feliz de escribir.

Marta Rodríguez no cesa de advertir: “Somos un país que no ha dejado de practicar una violencia irracional que tiene y debe ser documentada”.

Se siente satisfecha con ese inventario a favor y de trabajar todos los días, con asistentes que tocan a su puerta, en su archivo que es la memoria del aniquilamiento y la infamia, que parece no tener fin.

MYRIAM BAUTISTA
PARA EL TIEMPO

Fuente:

https://www.eltiempo.com/cultura/cine-y-tv/marta-rodriguez-otero-contestaria-por-siempre-649582?fbclid=IwAR1YE9eHNHsLZQs2Q2ZntOGMikdK49Kk9olyqgNQ7RK06fhjiFUZBtEoNio