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Más que una molestia

(APC Bolivia). Era la cuarta noche en la que había sido difícil conciliar el sueño. Y el día se presentaba, de nuevo, con predicciones de calor asfixiante; posiblemente por encima de los 40º. Sería un día en el que se agradecería poder tomar el metro, donde el calor del asfalto aún no se sentiría; un día en el que el aire acondicionado de la oficina haría más llevadero el calor de la ciudad; y al final de la jornada, siempre se podría uno tomar una ducha que refrescara el cuerpo.

Desde luego era una molestia que ya se hacía reiterativa este verano. Era la cuarta ola de calor de la estación. Pero todo el mundo sabía que después de cinco, seis días a lo sumo, pasaría y volveríamos a temperaturas llevaderas. Al fin y al cabo, vivíamos en un país verde, húmedo y eso no cambiaría radicalmente, al menos no por ahora; otros decían que vivíamos en un país luminoso y de mucho sol y, por lo tanto, esto era lo normal de un verano caluroso. Nada por lo que inquietarse; la vida seguiría transcurriendo en la normalidad, aunque con pequeños sobresaltos.

Cierto es que cada año la temperatura media subía un poco, que se había pasado de una ola de calor a tener cuatro o cinco y que los incendios aumentaban constantemente llegando incluso a zonas que siempre fueron templadas. Que el bajo nivel de los embalses, según anunciaban algunos expertos, era preocupante y ponía sobre la mesa la posibilidad de alguna restricción en el consumo habitual de agua; igual podía ser que hubiera que olvidar la posibilidad de esa segunda ducha al final del día de calor, o afrontar el hecho de que la factura consiguiente subiera algunos euros. También resultaba llamativo que algún glaciar se descongelara, desprendiera y provocara una avalancha nunca antes vista en estas fechas y lugares. En suma, todo bastante molesto, pero todo bajo control. Y si la situación se hacía realmente grave siempre habría alguna otra noticia, una buena guerra, algún escándalo de famoso, etc. que ayudara a la distracción social respecto a estos nuevos fenómenos climáticos.

Sin embargo, en otras partes del planeta, partes cada año más grandes, lo que para el mundo rico era una molestia más, se estaba convirtiendo en un desastre de dimensiones desconocidas. Los incendios proliferaban acabando con extensiones inmensas de bosques y selvas; las olas de calor de aquí, allí eran sequías que duraban meses, incluso años, haciendo imposible obtener la más mínima cosecha. Y esto último hacía que la vida fuera más que una molestia; la precariedad y las hambrunas se extendían y la muerte se adueñaba de la vida.

En otras partes de ese mismo planeta, aunque siempre de forma más acuciante en los países empobrecidos, las sequías persistentes se podían transformar en lluvias torrenciales que arrastraban las tierras fértiles hasta su desaparición y, con ellas, la de miles de vidas. Es trágica, pero real, la comparación: mientras en el mundo enriquecido se lloraba la muerte de una decena de personas por alguna inundación y la noticia ocupaba minutos y portadas durante días en los noticieros, cuando esto mismo ocurría en el mundo empobrecido y las muertes alcanzaban varios cientos, los minutos en los telediarios apenas se podían contar como tales.

Por supuesto, los grandes dirigentes del mundo habían realizado una, dos, tres… cumbres importantes en las que se analizaba la situación de la crisis climática en el planeta. Incluso, las consiguientes grandes declaraciones de dichas cumbres siempre habían fijado objetivos importantes, aunque pocas medidas reales, para enfrentar la situación. Quienes día a día analizaban los cambios profundos que ocurrían en el planeta llevaban años aportando informes y estudios pormenorizados que anunciaban lo que ya era una realidad: el clima había cambiado y se hacía más imprevisible y catastrófico en sus consecuencias.

Sin embargo, siempre había políticos, convenientemente motivados por las grandes empresas energéticas y extractivas, que veían la situación de otra forma, que proclamaban que esta no era tan grave y que la inteligencia del ser humano, como tantas veces en la historia de la humanidad, sabría sacarnos de esta emergencia. Esto llevaba a dichos dirigentes a no tomar excesivas decisiones o medidas reales, no fuera a ser que el crecimiento y el desarrollo económico sufrieran una crisis que trajera al mundo rico algo más que molestias. Era nuevamente curioso que a estos personajes les preocupara mucho una crisis posible, la económica, frente a otra real, la climática, que se encontraba en el origen de los nuevos conflictos y guerras, que empujaba a millones de personas a emigrar de sus tierras, que ya mataba a otras miles por la falta de recursos, que desertizaba inmensos territorios, y que, ahora sí, ya provocaba nuevos y profundos shocks económicos.

Decían que estaban preocupados por el cambio climático sin querer ver que en lo que el mundo se encontraba era en una crisis de unas dimensiones nunca conocidas que, incluso, podían poner en peligro la supervivencia futura del ser humano. Cuando alguien aludía a esta posibilidad directamente se les ignoraba o se les tachaba de agoreros, alarmistas u otros epítetos similares que eran cientos de veces repetidos por los medios de comunicación, siguiendo la vieja doctrina del ministro de propaganda nazi, que señalaba que una mentira mil veces repetida se convertía en verdad. Así, las sociedades enriquecidas seguirían pasando el verano más preocupadas por los nuevos fichajes galácticos que protagonizarían la próxima temporada de futbol que por el hecho cierto de que el planeta se encaminaba hacia un presente-futuro incierto.

Claro que esta situación también facilitaba que las grandes empresas energéticas y extractivas, con la cobertura de las élites políticas, siguieran acumulando ingentes cantidades de beneficios. Siempre a costa de insultantes subidas de precios o de la destrucción de ríos, selvas y montañas para extraer hasta el último gramo posible de los recursos naturales que no eran para esas empresas sino ganancia en los mercados.

Todo esto, que puede parecer propio de un futuro distópico cercano, en realidad, es presente, es 2022. Así, transcurridos 50 años del Informe “Los límites del crecimiento” (1972) el mundo asiste a una confirmación acelerada de las consecuencias entonces anunciadas: “Si la industrialización, la contaminación ambiental, la producción de alimentos y el agotamiento de los recursos mantienen las tendencias actuales de crecimiento de la población mundial, este planeta alcanzará los límites de su crecimiento en el curso de los próximos cien años”. El límite no se ha alcanzado en cien años sino en la mitad y, por lo tanto, las posibilidades para iniciar la reversión de este proceso suicida se agotaban. Por eso, urge tomar medidas que transformen el sistema económico, político y social, basado en el expolio y explotación del planeta y en la obtención de beneficios por parte de unos pocos al precio que sea. Y en este sentido, la mayor urgencia radica en poner coto inmediatamente al modelo extractivista sin freno que impera en la mayor parte del mundo. No hay prórroga en este partido, y lo estamos perdiendo.

 

Jesus González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe y

del Observatorio de Derechos en América Latina

2022/07/07