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Luzmery, la soja y los mercados

(APC Bolivia. Jesús González Pazos). Luzmery se levanta con las primeras luces del amanecer; parece como si su nombre, de alguna forma, le indicara que esa debía ser su obligación de por vida. Hay mañanas en las que se siente muy cansada, casi agotada, antes de dar los primeros pasos hacia el hogar. Pero debe de poner el fuego y preparar los desayunos de sus hijos y marido. Él, aunque se levanta un poco más tarde, también se siente cansado en las últimas semanas y cada día le resulta más costoso caminar hasta la chacra en la que trabaja para conseguir unas pocas hortalizas que luego venderá en la feria para así ir tirando adelante con la familia y la vida.

Algunos en la comunidad dicen que las avionetas que fumigan los campos del hacendado local son las que están ocasionando las nuevas enfermedades. Hacendado local es una forma de llamar al terrateniente pues, en realidad, muy local no es. Nunca se le ha visto por estas tierras y solo envía a sus trabajadores y, alguna vez, a la policía, como cuando en la comunidad Luzmery y el resto de las mujeres lideraron una protesta para que no robara más tierras.

El mercado de la soja está creciendo y se comenta que en Europa se consume mucha. Por eso el hacendado sigue agrandando sus tierras, aunque sea a costa de dejar sin estas a la comunidad. Él sabe que ahora el mercado manda y sopla en su dirección. Cuanta más soja produzca, gracias a la ayuda de los herbicidas y pesticidas que le provee la gran empresa que también le vende las semillas y que luego le comprará la producción, más aumentará su riqueza y poder. Le permitirá seguir siendo un peso pesado en la política del país e influir, sin necesidad de competir en las elecciones, en las principales decisiones que tome el gobierno. Además, ese poder le dará también cobertura ante las demandas de las comunidades que habitan “sus tierras”. Conoce bien al jefe de la policía local y juega al badminton con algunos jueces de los diferentes tribunales.

Por el contrario, Luzmery y su familia sienten el peso del negocio de la soja. Dicen que allá en Europa necesitan mucha para alimentar al ganado que tienen encerrado en grandes granjas. Dicen también que gracias a la soja que ahora rodea su comunidad y ha convertido el país en un mar verdoso, Europa puede ser la primera productora mundial de biodiesel que, a pesar de no comprender bien para qué es eso, alguien escuchó en la televisión nacional que ayuda a conservar el planeta.

No entienden como se podrá conservar el planeta mientras lo que sus ojos ven es la destrucción de aquel territorio que un día fue bosque, ríos y estaba lleno de animales. La naturaleza les daba el sustento diario y un poco más para poder ir a la feria a por aquello otro que no tenían y necesitaban para vivir. Pero ahora las fuerzas de no se sabe qué mercado, tampoco se entiende qué o quién es, les ha arrancado esa vida, se llevó el bosque y las aguas y hasta donde la vista alcanza todo es soja. Y para más dolores de cabeza los que trae consigo esa maldita avioneta que suelta pesticidas que, aunque el hacendado local dice que caen sobre sus campos, el viento no sabe de límites y desde los primeros vuelos cubren también los cultivos y las casas de la comunidad.

Protestaron y les enviaron no personal sanitario que se preocupara por su salud sino a la policía que golpearía sus cuerpos, invitándoles a respetar “el orden constitucional”. Sintieron que el problema era grave cuando se dieron las primeras muertes; las autoridades dijeron que eran naturales. Pero cómo se explicaba el aumento de cánceres, las malformaciones de algunos recién nacidos y las presiones del hacendado local para que abandonaran la tierra que los vio nacer. Supieron que eso mismo ocurría por medio país y que incluso alguna gran compañía sojera había hecho campañas en los Estados Unidos y Europa hablando de que su país era parte de una hipotética República Unida de la Soja. No entendían nada, pero ahora sabían que compartían el problema con otras muchas comunidades. Y se dispusieron a la protesta.

Esta aumentó y se extendió. La represión también y con ella las detenciones, juicios rápidos y encarcelamientos. Luzmery perdió definitivamente a su compañero de vida, no por agotamiento, sino por una bala que un policía disparó en la protesta para imponer el orden constitucional. Fueron cuatro que no volverían a la chacra a cultivar hortalizas. A Luzmery los problemas se le multiplicaron. A pesar del apoyo solidario de la familia y la comunidad, si siempre había sido difícil sacar a los hijos e hijas adelante, ahora era casi imposible. Tuvo que dejar su casa, la protesta comunitaria y emigrar a la capital para trabajar en el servicio doméstico y malvivir en un arrabal de la ciudad.

Pero la organización de la lucha, la crítica a la dictadura de los mercados y a los perjuicios de la soja transgénica y las formas y consecuencias de su producción masiva empezaron a dar algún fruto. En Europa parece ser que no todo era satisfactorio y crecía el cuestionamiento sobre esa cadena enorme y perversa que empezaba en los campos sojeros aledaños a la comunidad de Luzmery y terminaba en algún vehículo poco contaminante en las calles de Madrid o Berlín. También se criticaba que no tenía sentido encerrar a cientos de animales en macrogranjas, alimentarles con miles de toneladas de soja que tenían que atravesar los océanos y, entre otras consecuencias, abandonar los montes, que se convertían rápidamente en pasto de grandes incendios que asolaban miles y miles de hectáreas. Se descubrían ahora los costos medioambientales en el mundo enriquecido, pero también los costos en los eslabones primeros de esa cadena. Y se conocían hechos que permitían entender mejor que todo está interrelacionado, que las violaciones a los derechos humanos y la destrucción de la naturaleza que ocurrían en la República Unida de la Soja también tenían su razón de ser y consecuencias en los eslabones finales, en la vieja Europa, gracias a los dictados de los mercados.

Pero nada era tan fácil como pudiera parecer. Entender todo esto era posible, pero los intereses de los mercados y de gentes que bebían, se alimentaban y enriquecían con estos últimos eran muy grandes. No querían cambiar ese sistema, no les preocupaba en exceso la protesta, no les inquietaba la destrucción de los bosques y ríos, tampoco los cambios innegables del clima y, mucho menos, la muerte de algunos “subversivos” como el compañero de Luzmery, o la dura sobrevivencia de ella misma y de sus hijos e hijas en los suburbios de la capital.

Claro que de vez en cuando se reunían en grandes cumbres mundiales. Hablaban y hablaban, declaraban su determinación por tomar medidas, se sentaban en mesas que habían pagado precisamente los mercados (empresas que sustentaban el sistema) y volvían a casa a seguir protegiendo a quienes traían la soja de los campos que rodeaban la comunidad.

Y así, el sistema se sostenía, Europa seguía siendo la gran productora de biodiesel del mundo y Luzmery seguía trabajando de criada en la casa del hacendado local, lejos de su comunidad. Seguía sintiéndose muy cansada.

 

Jesus González Pazos

Miembro de Mugarik Gabe y

del Observatorio de Derechos en América Latina

Fotografía: Prensa Comunitaria