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La historia de la última persona que sabe bailar el Jach’a Tata Danzanti, ritual aymara que inspiró La Nación Clandestina

(APC Bolivia. La Paz). Felipe Colque, de 68 años, sabe que bailará hasta morir. O, más propiamente, al momento de morir. Está feliz con eso y comenta que a los 14 años asumió la idea de cómo sería el final de su vida. Es el único Jach’a Tata Danzanti (gran señor danzante) vivo en Bolivia, es decir es la única persona que interpreta y sabe a la perfección la coreografía de este ritual andino que se plasma en la fiesta de San Pedro en la comunidad de Pungunuyu del municipio de Achacachi del departamento de La Paz.

“Desde hace casi 48 años yo bailo en San Pedro de Achacachi. Mi abuelo bailaba, él era el Jach’a Tata Danzanti y yo era su cuidador. Por eso yo he aprendido todo de mi abuelo”, cuenta Felipe Colque a Brújula Digital.

Felipe recuerda que su abuelo le decía cómo sería el final de su vida. Colque heredó su traje, su máscara y sus cascabeles, entre otros accesorios. Asegura que también guarda una serie de consejos sobre cómo debe ser el comportamiento del elegido Jach’a Tata Danzanti en una comunidad. 

“Mi abuelo me decía: ‘como yo he vivido y como voy a morir, así tienes que hacer. Siempre tienes que estar con las comunidades, siempre tienes que ayudar, no te vas a hacer rogar con los comunarios’, así me decía”, relata, mientras mastica unas hojas de coca.

Al hablar del ritual del Jach’a Tata Danzanti es inevitable no pensar en la película La Nación Clandestina, del cineasta Jorge Sanjinés. Este filme se estrenó en 1989 y ese mismo año ganó la Concha de Oro en el Festival de San Sebastián, uno de los encuentros cinematográficos más importantes del mundo. La película tuvo gran impacto en la sociedad boliviana de fines de los 80.

“La Nación Clandestina cuenta el viaje de retorno del indígena Sebastián Mamani (Reynaldo Yujra) desde la ciudad hasta su comunidad aymara, de la que fuera expulsado por haberla traicionado y a la que sólo cree posible reincorporarse ofrendándole su vida en el ancestral ritual del Jacha Tata Danzanti (Gran señor danzante), que consiste en ‘bailar hasta morir’, se lee en el libro “Una cuestión de fe. Historia (y) crítica del cine boliviano de los últimos 30 años (1980-2010)”, de Santiago Espinoza y Andrés Laguna.

A diferencia del personaje de La Nación Clandestina, Colque es muy respetado en su comunidad y asegura que siempre fue muy fiel a los usos y costumbres de su tierra.

“En mi pueblo he hecho todo, he cumplido con todo en mi comunidad, he cumplido con mis cargos (como autoridad indígena)”, dice.

Pese a que ahora intenta descansar un poco, Colque debe cumplir dos grandes responsabilidades: seguir bailando para evitar la extinción del Jach’a Tata Danzanti y buscar a un heredero.

Por eso, hasta el año, cada mes de junio, al ritmo de pinquillos y wankaras, el último Jach’a Tata Danzanti era el protagonista principal de la fiesta de San Pedro en su pueblo.

Se presentaba en compañía de dos bailarines secundarios y dos músicos. Según la tradición, este ritual se realiza para evitar plagas y sequías, en la transición entre cosecha y siembra. El baile es parte de ese ritual, pero también se usaba en el pasado como ceremonia de los que están cerca de la muerte.

Pero este año no hubo ni ritual, ni baile. “No tuvimos pasantes, no he bailado. (Los prestes) no se han interesado”, explica y asegura que sin ellos no se puede organizar la fiesta ritual. Espera que para el próximo año se pueda retomar la festividad y así se pueda evitar la extinción de esta danza andina.

Dice que para preservar la historia de esta tradición él acepta las invitaciones para presentarse en otros lugares. Así lo hizo la última semana de agosto cuando dejó su tierra por unas horas y bailó “con el alma” en el patio del Museo de Etnografía y Folklore (MUSEF), que organizó la versión número 37 de la Reunión Anual de Etnología (RAE), el encuentro académico con más trayectoria del país y que tenía como premisa un “Diálogo de Sonoridades”.

El jefe de Unidad de Extensión del MUSEF, antropólogo Milton Eyzaguirre, explica que la Jach’a Tata Danzanti se interpretaba específicamente solo en dos lugares del departamento de La Paz, uno en Umala y el otro en Achacachi. Relata que en la primera población dejó de bailarse desde finales de la década del 50 del siglo pasado, aunque en la actualidad vive uno de los músicos que lo hacía, era muy joven entonces y hoy tiene 82 años. Agrega que se conoce que los comunarios de allí enterraron la máscara del baile porque “fue vinculada con elementos misteriosos”.

“Aparentemente Sanjinés tomó en su película la versión de Umala, pues la versión de Achacachi no es la misma, es diferente”, dice el especialista y explica que en Achacachi la letra dice: ‘algún día voy a morir bailando’, en referencia a que no perderá la vida en un solo ritual, como ocurre en la película”. Por lo tanto, no es que la persona debe bailar “hasta morir”, sino “bailar antes de morir”.

Eyzaguirre agrega que Colque tiene el objetivo de dejar un heredero entre los integrantes del grupo que lo acompañan.  

Colque –quien es padre de seis hijos, tres mujeres y tres hombres– está procurando que uno de sus hijos varones mantenga la tradición.

“Les he enseñado, pero ellos no han podido (sacar los pasos) como yo. No pueden zapatear igual que nosotros, los viejos. Uno de ellos sí aprendió ya los pasos del danzante secundario.

Mientras mueve sus pies para mostrar un poco de coreografía, se anima a revelar cuál es la clave de la danza heredada por su abuelo. “El zapateo es el secreto, se hace según lo que tocan los músicos, yo bailo”, explica.

En la actualidad, Colque espera el final de su destino en su comunidad, donde cosecha papa y luego elabora chuño. Comenta que actualmente da un poco más de su tiempo al descanso y que vive muy tranquilo. Al consultarle sobre la creencia de que el Jach’a Tata Danzanti debe bailar hasta morir, él sonríe y dice: “sí, es verdad. Mi abuelito ha bailado hasta morir, ahora yo debo seguir”.

FUENTE: Brújula Digital. Anahí Cazas.

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