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¿La derecha busca su revolución? Las razones del extravío conservador en América Latina (y su posible brújula)

Todo le ha salido mal a una clase social y económica alta que impulsa procesos de derechización y que entiende muy poco de América Latina y de lo que significa lo “popular latinoamericano”.

(Actualidad RT. Ociel Alí López). Por distintas razones, pequeños países como Uruguay, Costa Rica o Ecuador se quedaron solos en América Latina nadando contra la corriente progresista, en auge en la región. No obstante, aún queda por ver qué sucederá finalmente en Brasil en las presidenciales de octubre.

Del resto de países que componían el denominado Grupo de Lima, una portentosa asociación de más de quince gobiernos del continente, no queda más que un recuerdo. Atrás quedó el glorioso, aunque precoz, “ciclo de derecha” que gobernó un cúmulo importante de países en el lustro que cerró la segunda década.

Aunque en esos años, las ínfulas de superioridad moral del conservadurismo reinante hicieron pensar que se venía una hegemonía por décadas, realmente el ciclo duró muy poco. Al final, su empuje se vio reducido a unos años que sirvieron de un paréntesis, una alternancia que en muchos casos funcionó a la propia izquierda desgastada, debido a que el electorado les prefirió nuevamente en la primera oportunidad electoral que tuvo.

La derecha elitista radical que impuso su agenda en aquellos gobiernos conservadores impidió una articulación duradera con el malestar popular que habían producido los gobiernos progresistas. Si bien en los países de la región el conservadurismo tiene un electorado bastante más amplio que la mera clase alta y media-alta (minoritaria) que les dirige, queda muy disminuido si pierde el respaldo de las clases populares, lo que permite a la izquierda oxigenarse mientras está en la oposición y luego volver con mayor impulso.

Este segundo aire de la izquierda, entrada la tercera década, ha tomado por sorpresa a esa derecha que observa inmóvil cómo se ha disuelto su narrativa reaccionaria, a la que consideraba infalible.

La derrota electoral del expresidente argentino Mauricio Macri en 2019, el hipotético descenso del actual presidente Jair Bolsonaro en Brasil, el desenlace del golpe de la hoy presidiaria Jeanine Añez en Bolivia, la derrota del interinato de Juan Guaidó en Venezuela, el debilitamiento terminal del uribismo en Colombia, el revolcón al status quo chileno, la derrota en 2021 del fujimorismo apoyado por toda la élite peruana, el triunfo pírrico de Guillermo Lasso provocado únicamente por la división del campo popular y, finalmente, la extinción sin dolientes del Grupo de Lima indican sobremanera que si fuera cierto que la izquierda “estuvo mal”, también lo sería que la derecha “lo hace mucho peor”.

En la esfera política, todo le ha salido mal a una clase social y económica alta que impulsa procesos de derechización y que entiende muy poco de América Latina y de lo que significa lo “popular latinoamericano”, a quien no se cansa de humillar y de quien recibe los peores castigos electorales.

Aunque sienta con fuerza la derrota, la derecha no suele ser autocrítica. Para ella el problema sigue siendo que el pueblo es “pobre y bruto”, “se vende al mejor postor” y todo lo resuelve con enunciados reaccionarios que insaciablemente repite casi cualquier periodista de telediario de América Latina. Todos extraviados e impotentes para comprender que el decaimiento de los gobiernos de izquierda no es producto de la repetición incesante de la narrativa derechista, sino de un malestar con los propios gobiernos izquierdistas.

Los sectores populares, cuando castigan a la izquierda, no piden la derechización de sus países, sino que reclaman al gobierno izquierdista por no cumplir su agenda. Sin embargo, la derecha cree que cuando gana es porque el pueblo ‘al fin comprende’ sus ideas. Por todo lo anterior ha caído en un hueco y no tiene pensado cómo salir de él.

Repensar el enfoque

Sin embargo, no hay que obviar que la derecha no se compone solo de impotentes ‘influencers’ y opinadores. Tiene ‘Think Tanks’, intelectuales e ‘intelligentsia’ que tratan de conocer el pantanoso campo social latinoamericano. Todo ello, con el fin de no tener como única opción el ‘sentarse a esperar’ que el pueblo se moleste con los izquierdistas en el gobierno y le dé el turno nuevamente solo como efecto pendular.

La intelectualidad de derecha, para darle un vuelco a la situación actual y dejar de perder elección tras elección, debe urgentemente repensar el enfoque sobre algunas cuestiones centrales.

¿Es posible un cambio de estrategia?

Lo que no está funcionado en la derecha latinoamericana es nada menos que su estrategia política. Su afán de enfocar al pueblo como una ciudadanía (clase media y liberal) le desconecta de manera automática con los sectores populares, que es donde están las mayorías que votan y que terminan castigándola.

Si en los noventa fracasaron los gobiernos de la tecnocracia –una forma de derecha desideologizada amparada en reformas económicas liberales–, la actual derecha en retroceso se subordina a una clase política más ideologizada contra el ‘comunismo’, la ‘venezolanización’, la ‘socialización de la propiedad privada’ y la negación o burla a temas puntuales como el financiamiento a sectores popularesel feminismo o los derechos de negros e indígenas.

Durante el malestar existente contra los gobiernos de izquierda, esta derecha trató de ‘bañarse de pueblo’ creando la fórmula de un populismo de derecha. Ejemplo de ello son o fueron Bolsonaro, Macri, el candidato chileno José Antonio Kast o el ingeniero colombiano Rodolfo Hernández. Todos ellos trataron de trasladar la polarización de ‘pobres contra ricos’ que utiliza la izquierda hacia una de ‘pueblo contra status quo político’, concepto último que incluye por igual a izquierdas y derechas.

Es decir, la derecha está utilizando también la interpelación popular como forma de potabilizarse: como no sabe nadar en la esfera de la política, busca fórmulas antipolíticas, ‘outsiders’ e incorrectas.

Sin embargo, y según los resultados a mediano plazo, tampoco le ha ido muy bien. Como golpe simbólico es exitoso, pero luego le ha costado mucho mantener el apoyo popular, aunque en el caso de Bolsonaro, aún está por verse.

Durante el siglo XX, en algunos países las clases altas llegaron a acuerdos con partidos políticos socialdemócratas, policlasistas o populares de derecha para ceder el poder político manteniendo sus privilegios económicos.

Similar a entonces, pero con mucho mayor ahínco, la estrategia de la derecha tiene que girar hacia la constitución de partidos, movimientos y creación de ‘outsiders’ que provengan del mundo popular y que, aunque hayan logrado “blanquearse” o “purificarse”, todavía tengan ascendencia sobre los sectores populares.

Esto puede resumirse así: si las élites económicas e históricas siguen llevando la batuta de toda la derecha, lo más seguro es que esta no salga del atolladero.

Una revolución en la derecha implicaría producir candidatos afrodescendientes e indígenas, repotenciar el papel del Estado, ubicarse en los sectores empobrecidos para hacer política organizativa y eliminar la narrativa racista y ‘blancocéntrica’.

Hay que entender el pánico que un sacudón de estas características supone a las burguesías nacionales: llevar a cabo estos cambios podría implicar su desaparición como clase política dirigente. Pero por lo pronto no le queda otra opción, los sucesivos resultados electorales impiden pensar que, bajo el actual esquema democrático, puedan producir propuestas exitosas.

No hay que ser ingenuo. Dejar de ser élite cultural no está en los planes de estos sectores. Blancos, católicos, con raigambre y estudiados, así son los líderes que brotan de la derecha más poderosa del continente. Luego, al perder, se preguntan cómo es que un obrero como el expresidente y candidato Luiz Inácio Lula da Silva, o un campesino, como el presidente Pedro Castillo, pueden derrotarles con tanta facilidad.

Entonces se les presenta la siguiente encrucijada: o se reformulan para poder competir en el mercado electoral o comienzan a diseñar una salida ‘postdemocrática’ que en los actuales momentos no parece viable.

Renovar los íconos y las narrativas

A estas alturas los íconos de la derecha resultan impresentables.

El intelectual conservador Mario Vargas Llosa es quizá el mejor ejemplo de una figura que desde el continente luce senil, racista y extraviado. Pero hay otros peores. Muchos líderes actuales aún reivindican a los militares golpistas brasileños o al propio expresidente Augusto Pinochet. Recientemente han usado el comodín del líder opositor venezolano Leopoldo López (quien pide invasión extranjera a su país) para tratar de asustar con el ‘autoritarismo’ que trae escondido la izquierda.

Como el viejo dibujo animado de ‘El Coyote y el Correcaminos’, el espectador ya sabe lo que sucederá cuando los ídolos de la derecha entran en acción: una derrota inminente. Por lo tanto, la derecha tiene que buscar otro tipo de figuras no solo para el mundo político, sino también para el comunicacional.

Los ‘influencers’ pueden impresionar a un grupo grande de sus numerosos seguidores en redes, pero su discurso ahuyenta a las grandes mayorías. Los teleperiodistas de las principales cadenas han terminado siendo una especie de ‘antiguía’ política: la gente hace lo contrario de lo que dicen. Los nóveles economistas mientras más ínfulas ostentan, más se equivocan con la economía de la gente. Toda esta subjetividad tendrá que ser repensada.

Lo mismo pasa con las obcecadas narrativas. Lo peor es que mientras más fracasan, más las repiten. El miedo a la ‘socialización de la propiedad privada’, a la ‘venezolanización’ de cada país o al ‘comunismo’ ya no compite contra el malestar cotidiano de la gente hacia la política y la situación económica. Todos sus relatos se han mellado.

Así que, para volver a ser eficiente, la derecha no puede solo contentarse con hallar candidatos potables para las mayorías, ni esperar a tener un quórum mínimo para llegar al poder, sino que va a tener que cambiar su lugar de enunciación, sus formas y contenidos, va a tener que revolucionarse porque ya una renovación no parece suficiente.

Nada parece estar dispuesto para ello. Su orgullo de clase es su punto de partida y a la vez su gran escollo. Así las cosas, tendrán que empezar de cero. ¿Lo lograrán?